Te invito a mi casa
Por Mafe
Voy a hacer una contribución importantísima a tu léxico latinoamericano. En Costa Rica, un taco no es una tortilla abierta con relleno, sino una tortilla enrollada sobre tiras de carne –o pollo, o queso– que luego se fríe en una poza de manteca y se acompaña de repollo empapado en salsa de tomate y mayonesa. Cualquiera que te diga lo contrario, es víctima de la más vil gentrificación.
Lo que vos llamarías un taco, para nosotras es un gallo. Si un día llegas a una casa en Costa Rica y te ofrecen un gallito, te están ofreciendo algo de comer acompañado por una tortilla. Leeme muy bien: vas a agarrar ese arroz con pollo o ese picadillo, lo vas a poner encima de la tortilla, y te lo vas a comer así, con la mano. No me hagas pasar vergüenzas pidiendo cubiertos.
Dicho esto, mañana seré la feliz anfitriona de una tarde de gallos en mi pequeño apartamento manhateño. Ya perdí la cuenta de cuántas personas invité y no sé cómo voy a meterlas a todas aquí, pero en un mundo tan frenético y ensimismado, mi mejor contribución es arrojar un puñado de desconocidos en un espacio cerrado en el que socializar es permitido y apreciado.
Este pequeño acto que podría malinterpretarse como generoso es en realidad un emprendimiento muy egoísta de mi parte: me encanta tener gente en casa. Así fui desde que era una niña larguirucha y recha en la escuela Patriarca San José, que estaba llena de niños despiadados y niñas cruelsísimas. Aún así, a mami le tocaba organizarme un par de fiestas al año, las cuales —irónicamente porque yo no era muy popular— eran todo un éxito.
Con el tiempo me fui volviendo más aceptada y hasta podría decirse que popular, porque de nuevo salió mi madre al rescate, me pasó a un colegio público y me cambió la vida para siempre. Desde entonces mi casa se llenó de adolescentes que me enseñaron desde cómo bailar salsa, cómo besar y cómo jugar de interesante hasta cómo meterse una enagua corta debajo del pantalón para salir de noche– cosa que nunca me hizo falta porque en mi casa no se usaba la prohibición como método educativo.

Para alguna gente, tener invitados es estresante y abrumador. A mí más bien se me derrama toda la dopamina por dentro y me genera una sensación de plenitud y familiaridad que me deja contenta por días. Supongo que en la superficie me gusta que me halaguen las macetas y se rían de mi chiste habitual sobre lo salida de control que está la monstera (que un día de estos va a decir: o yo, o ustedes, pero aquí no cabemos todos), o me piropeen mi buena cuchara.
Sin embargo creo que todo tiene que ver con esto: las casas llenas de gente están asociadas a los recuerdos más extasiantes de mi vida. Una pequeña mansión en Esparza en la que dormí abrazada a un chico que nunca volví a ver; las fiestas nocturnas en la casa de la tía de Kattia a la que llegaba la policía todas las veces (y todas las veces se iba sin lograr resultados); las noches de pacha en el camarote de Dianita; la noche que K engañó a su novio con U en mi sofá y yo vomité algo morado al día siguiente; las cenas de varios diciembres ventosos nicoyanos con los de La Voz; mi cumpleaños número 29 cuando di un discurso tan largo que me terminaron tirando a la piscina; el verano del 2021 en Brighton lleno de latinas y olor a bronceador; el día que M. compró 16 botellas de espumante y llenó nuestra sala londinense de banderas de Costa Rica y Francia para darme la bienvenida al Reino.
Todavía más al fondo están mis primeros recuerdos de vida. Cuando abuela nos hacía chocolate caliente y nos sentábamos a pintar con Natalia, Sofía y Yajaira, que habíamos nacido todas con dos o tres días de diferencia. O cuando se iba la luz y mami ponía unas candelas en nuestro piso de madera y llegaban en procesión todas las niñas del barrio a escuchar sus historias de miedo. Cuando, luego, entraba mi abuela, con sus rosarios en la mano, su bata blanca y su cara de haber rezado tres horas, y todas salíamos corriendo despavoridas, entre gritando y riéndonos por las esquinas del departamento porque mi abuela se parecía mucho a la monjita muerta que se salía por las noches al patio del colegio.
En mi cabeza también viven fotos imaginarias de recuerdos que nunca me pasaron a mí sino a otros. Los domingos de olla de carne en el comedor de mi abuela paterna, por ejemplo. Nací demasiado tarde para vivirlos, pero cuando mi padre hablaba de eso, se le dibujaba una mueca muy parecida a la felicidad en su larga cara morena.
Ya lo han dicho de maneras mucho más hermosas las grandes plumas del mundo: todo puede pasar en una casa llena de gente. Incluso, claro, cosas espantosas. Desde traicionar a tu profeta con un beso en la mejilla hasta ver cómo convierten a Barrabás en una enorme alfombra o tener que amarrar a tu esposo enloquecido a un árbol y alimentarlo a cucharadas el resto de su vida.
Pese a los múltiples intentos de autores más talentosos que yo, sigo pensando que compartir tu refugio por un rato con gente que pertenece a otros hogares es la forma más dulce de aprender a compartir también el mundo. Yo, por mi parte, iré a comprar tortillas.
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Hasta aquí el relato de hoy.
Quiero aprovechar que estamos hablando de hogares para recordarles que en Venezuela miles de personas perdieron el suyo después de los dos terremotos de esta semana. Radio Ambulante recopiló sitios confiables para ayudar.



Tu invitación a tu casa me salvarán la vida, Mafecita 💛
Me encantó, Mafe. Quién pudiera pasarse por tu apartamentito neoyorquino para comerse esos gallitos en tu compañía y la de tus invitados. Prometo alabar tus plantas y ese toque sabroso de tus platos, así como aportar una playlist que nos lleve hasta otras latitudes.